Tras meses de amenazas de Trump, una nueva guerra con Irán parece cada vez más inevitable
La falta de avances en las negociaciones, los preparativos militares de Estados Unidos y la presión de Netanyahu alimentan la posibilidad de una nueva ofensiva después de las elecciones legislativas estadounidenses. Sin embargo, Teherán mantiene sus exigencias y no muestra señales de ceder.
FOSTER! NEWS | MEDIO ORIENTE
29 DE OCTUBRE DE 2026
EL REGRESO A LA GUERRA GANA PROBABILIDAD
Desde que el memorando de entendimiento entre el presidente estadounidense Donald Trump e Irán se desmoronó, las advertencias sobre un posible nuevo ataque contra la República Islámica se han repetido con frecuencia. Sin embargo, durante meses, las amenazas más contundentes de Trump no se tradujeron necesariamente en una decisión de reanudar las operaciones militares a gran escala.
Ahora, el escenario parece estar cambiando.
La posibilidad de que Estados Unidos vuelva a atacar Irán en las próximas semanas, ya sea mediante una ofensiva propia o en una operación conjunta con Israel, parece cada vez más probable. La falta de avances diplomáticos, el endurecimiento del discurso de Washington y los movimientos militares estadounidenses refuerzan esa perspectiva.
Teherán, por su parte, parece consciente del riesgo de una nueva escalada. Sin embargo, eso no significa que esté dispuesto a aceptar las condiciones de sus adversarios.
La principal incógnita ya no es únicamente si habrá nuevos enfrentamientos, sino cuándo podrían producirse y cuáles serían sus objetivos.
NETANYAHU PRESIONA PARA REANUDAR LA OFENSIVA
Israel parece decidido a retomar la campaña militar contra Irán. Según diversos informes citados por medios internacionales, el primer ministro Benjamin Netanyahu ha intentado convencer a Trump de autorizar una nueva operación conjunta o, al menos, de dar luz verde a una ofensiva israelí.
Dos semanas antes de las elecciones, funcionarios estadounidenses señalaron a Channel 12 que consideraban que Netanyahu quería lanzar un ataque antes de los comicios. Una fuente estadounidense afirmó que el primer ministro había planteado en varias ocasiones la posibilidad de reanudar los bombardeos.
Según esa versión, Trump le habría dicho que podía avanzar con los preparativos, aunque sin comprometerse oficialmente a aprobar una operación militar.
La información publicada por el Financial Times la semana anterior apuntaba en la misma dirección. Israel habría estado preparado para atacar instalaciones nucleares y plantas energéticas iraníes durante el fin de semana del 10 de octubre, pero Trump habría frenado la iniciativa.
Las tensiones también habrían alcanzado al propio aparato de seguridad israelí. El domingo, distintos informes describieron un enfrentamiento inusualmente intenso entre Netanyahu y el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, Eyal Zamir, por una acción militar que el primer ministro estaría impulsando.
Según una fuente de seguridad citada por Channel 12, la preocupación se centraba en una operación capaz de desencadenar una nueva confrontación con Irán en un momento especialmente delicado, con el riesgo de que se produjera un error de cálculo.
El desacuerdo reflejaría la tensión entre la intención de actuar militarmente y el riesgo de abrir una nueva fase de la guerra antes de que exista una decisión definitiva de Washington.
TRUMP MANTIENE LA PRESIÓN, PERO MIRA A LAS ELECCIONES
Desde que Trump ordenó detener repentinamente la campaña militar estadounidense e israelí contra Irán en abril, las señales indicaban que no tenía intención de volver a una guerra de gran intensidad antes de las elecciones legislativas de noviembre.
Ese calendario no parece haber cambiado sustancialmente.
Según informó CNN el lunes, Israel había intensificado durante la semana anterior sus gestiones ante Washington para conseguir apoyo estadounidense a nuevos ataques e incluso una eventual participación directa de las fuerzas de Estados Unidos. Trump habría pedido a Israel que esperara, aunque dejando entrever que podría aceptar operaciones conjuntas más adelante.
El domingo, ante los periodistas, el presidente estadounidense afirmó que no habría un ataque ese mismo día.
Sin embargo, su discurso se endureció en los últimos días.
«A menos que cambien rápidamente su comportamiento, pronto terminaremos el trabajo», declaró Trump en su primer mensaje de respaldo a Netanyahu, en el que destacó los daños infligidos a Irán por las fuerzas estadounidenses e israelíes.
El domingo volvió a insistir en la necesidad de completar la campaña iniciada.
«¡Tenemos que terminar el trabajo que empezamos!», escribió en una segunda declaración de apoyo al primer ministro israelí.
Las declaraciones presidenciales, por sí solas, no constituyen una confirmación de que se haya tomado una decisión militar. No obstante, coinciden con movimientos concretos que apuntan a una preparación para una posible ofensiva de mayor envergadura.
A comienzos de octubre, Trump ordenó el despliegue del portaaviones USS Theodore Roosevelt y su grupo de ataque hacia Oriente Medio. También dispuso el envío de aproximadamente 10.000 infantes de Marina vinculados al grupo anfibio USS Makin Island.
Se esperaba que estos efectivos y medios llegaran a la región hacia finales de noviembre. De concretarse el despliegue previsto, Estados Unidos contaría con tres portaaviones en las proximidades de las costas iraníes.
La combinación de preparativos militares, presión diplomática y declaraciones públicas refuerza la percepción de que Washington mantiene abierta la opción de una nueva campaña.
«ES CUESTIÓN DE TIEMPO»: LA EVALUACIÓN DE TEHERÁN
Para Irán, la posibilidad de que se reanuden las hostilidades no representa una sorpresa.
Raz Zimmt, especialista en Irán del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel, señaló que las autoridades iraníes consideran altamente probable que Trump decida renovar los ataques después de las elecciones legislativas estadounidenses.
Según Zimmt, Teherán observa tanto los preparativos militares como las declaraciones de Washington y entiende que la distancia entre las posiciones de ambos países sigue siendo extremadamente difícil de superar.
Por ese motivo, la hipótesis de trabajo iraní sería que la reanudación de la guerra es una cuestión de tiempo.
Sin embargo, anticipar una ofensiva no implica estar dispuesto a capitular. El Gobierno iraní mantiene exigencias que considera fundamentales para su seguridad, su economía y su capacidad de negociación.
La confrontación diplomática continúa girando en torno al programa nuclear, las sanciones económicas y el control de las rutas marítimas estratégicas de la región.
LAS EXIGENCIAS DE WASHINGTON Y TEHERÁN SIGUEN ALEJADAS
Las principales condiciones estadounidenses son relativamente claras. Washington exige que Irán renuncie al enriquecimiento de uranio en su territorio, entregue el uranio enriquecido que mantiene bajo su control y deje de amenazar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz.
Solo después de cumplir esas condiciones, según la posición estadounidense descrita en el artículo original, Irán podría comenzar a recibir un alivio económico significativo.
La postura de Teherán es muy diferente.
A cambio de un alto el fuego inicial de siete días, seguido de negociaciones, Irán ha exigido que Estados Unidos levante el bloqueo de sus transportes marítimos, elimine las sanciones petroleras, libere activos congelados y ponga fin a la guerra en todos los frentes.
Esta última expresión incluye, según el análisis presentado, la exigencia de que Israel se retire del sur del Líbano.
El embajador estadounidense ante las Naciones Unidas, Mike Waltz, resumió la posición iraní señalando que Teherán pretende obtener de antemano el levantamiento del bloqueo, el fin de las sanciones internacionales y el acceso a miles de millones de dólares en activos congelados, incluso antes de comenzar a negociar.
La distancia entre ambas posiciones constituye uno de los principales obstáculos para una salida diplomática.
Además, Irán ha advertido que la situación en el estrecho de Ormuz no volverá al estado anterior a la guerra, incluso si se reanudan las conversaciones. Las autoridades iraníes consideran que el control sobre esta vía marítima estratégica constituye uno de los principales logros obtenidos durante el conflicto y han manifestado que no están dispuestas a renunciar a él.
El estrecho de Ormuz es un corredor esencial para el comercio energético mundial. Cualquier restricción prolongada sobre la navegación por esa zona puede tener consecuencias económicas mucho más allá de Oriente Medio.
EL BLOQUEO NO HA CONSEGUIDO DOBLEGAR A IRÁN
La presión económica estadounidense tampoco parece haber modificado de manera decisiva la posición iraní.
El bloqueo marítimo, la inflación creciente y la contracción económica representan amenazas importantes para la República Islámica. Sin embargo, Teherán no ha abandonado sus principales exigencias.
Para las autoridades iraníes, aceptar las condiciones estadounidenses podría entrañar un riesgo mayor para la supervivencia del régimen que soportar los costes económicos y militares de continuar resistiendo.
El programa nuclear constituye, en ese contexto, una de las principales herramientas de negociación que todavía conserva Irán.
Desde la perspectiva de Teherán, renunciar anticipadamente a esa capacidad de presión reduciría su margen para obtener concesiones de Washington. Por eso, el Gobierno iraní parece decidido a exigir el máximo alivio económico y político posible antes de aceptar límites, incluso moderados, a su programa nuclear.
Esta lógica ayuda a explicar por qué las amenazas militares y las sanciones no han producido hasta ahora el acercamiento esperado por Estados Unidos.
UNA NUEVA CAMPAÑA PODRÍA TENER OBJETIVOS MÁS CONCRETOS
Ante la falta de perspectivas de un acuerdo, los distintos actores parecen prepararse para una posible reanudación de los combates.
Netanyahu ha advertido sobre la posibilidad de un ataque iraní contra Israel antes de las elecciones del martes. Sin embargo, el análisis recogido en el artículo considera que Teherán tiene pocos incentivos para iniciar deliberadamente una nueva ronda de enfrentamientos, especialmente cuando teme una respuesta israelí de gran intensidad.
Aunque Irán ha incrementado la presión sobre aliados árabes de Estados Unidos, particularmente Arabia Saudita, ha evitado acciones directas contra Israel que pudieran desencadenar una represalia inmediata.
Michael Makovsky, presidente y director ejecutivo del Instituto Judío para la Seguridad Nacional de Estados Unidos, sostuvo que Irán no ha atacado directamente a Israel desde principios de junio porque teme, con fundamento, una respuesta contundente.
Según Makovsky, una represalia israelí podría alcanzar instalaciones energéticas internas, como refinerías y plantas de gas natural que abastecen de electricidad, además de afectar a dirigentes, misiles y otras capacidades estratégicas iraníes.
Si se reanudara la guerra, una de las cuestiones centrales sería determinar qué objetivos perseguirían Estados Unidos e Israel.
Una campaña destinada a provocar el derrumbe de la República Islámica sería una apuesta de alto riesgo. La experiencia de los enfrentamientos anteriores ya había mostrado las limitaciones de una ofensiva aérea para producir por sí sola un cambio de régimen.
Un objetivo más acotado consistiría en modificar los cálculos de Teherán para inducirlo a aceptar un acuerdo en condiciones más favorables para Washington y sus aliados.
INSTALACIONES ENERGÉTICAS, MISILES Y PROGRAMA NUCLEAR
Una nueva operación podría concentrarse en tres áreas principales.
La primera serían las instalaciones energéticas iraníes. Atacar infraestructuras de este tipo podría aumentar la presión económica interna sobre el Gobierno y elevar el coste de mantener una postura inflexible en las negociaciones.
La segunda serían las capacidades iraníes de producción y lanzamiento de drones y misiles. Reducirlas podría limitar la capacidad de Teherán para amenazar la navegación en el estrecho de Ormuz y responder a futuras operaciones militares.
La tercera sería el programa nuclear.
Entre los posibles objetivos mencionados figura Pickaxe Mountain, una instalación situada en las profundidades de una montaña, al sur del complejo de enriquecimiento de uranio de Natanz.
Según el artículo original, el lugar no fue atacado durante las dos campañas militares conjuntas de Estados Unidos e Israel mencionadas en el análisis. El Organismo Internacional de Energía Atómica tampoco ha tenido acceso a esa instalación.
Estados Unidos e Israel creen que Irán habría trasladado allí centrifugadoras y parte de su uranio altamente enriquecido. Esa evaluación forma parte de las preocupaciones sobre la capacidad nuclear iraní y sobre la posibilidad de que instalaciones estratégicas permanezcan fuera del alcance de las inspecciones internacionales.
Un ataque contra ese complejo supondría una escalada significativa y podría dificultar todavía más cualquier intento posterior de alcanzar un acuerdo diplomático.
EL FACTOR POLÍTICO: TRUMP Y EL FUTURO DE NETANYAHU
El calendario electoral estadounidense constituye un elemento importante para entender el momento de una posible nueva ofensiva.
Una vez superadas las elecciones legislativas de noviembre, Trump entrará en los dos últimos años de su mandato. El presidente tendrá incentivos para intentar resolver algunos de los principales conflictos que condicionan su legado político.
El enfrentamiento con Irán tiene consecuencias directas sobre la economía estadounidense. Mientras la crisis siga sin resolverse y los riesgos para el transporte energético permanezcan elevados, los ciudadanos estadounidenses podrían continuar afrontando precios altos de los combustibles e inflación.
Trump ha situado la situación económica entre las prioridades de sus dos mandatos y difícilmente querrá terminar su presidencia con un conflicto sin resolver que contribuya a deteriorarla.
También podría buscar un resultado concreto sobre el programa nuclear iraní y las amenazas a la navegación en el estrecho de Ormuz.
Netanyahu, por su parte, tiene sus propios cálculos políticos. El primer ministro israelí preferiría, según el análisis, contar con un mandato electoral claro para continuar la confrontación contra Irán y sus aliados junto a Trump.
Sin embargo, el resultado electoral no está asegurado. Si Netanyahu no obtiene el respaldo que busca, todavía podría disponer de un breve período de autoridad para ordenar una nueva campaña antes de que se forme un nuevo Gobierno israelí.
El desenlace político podría influir tanto en la decisión de atacar como en el momento elegido para hacerlo.
CLAVES DEL ESCENARIO
La posibilidad de una nueva guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán está impulsada por la combinación de tres factores: el estancamiento de las negociaciones, los preparativos militares y la falta de coincidencia entre las condiciones exigidas por Washington y las que Teherán está dispuesto a aceptar.
Las elecciones estadounidenses podrían marcar un punto de inflexión, pero no constituyen por sí mismas una garantía de que se produzca un ataque. Las declaraciones de Trump, los movimientos militares y las gestiones de Netanyahu son señales relevantes, aunque no equivalen a una decisión definitiva de iniciar operaciones.
Una nueva campaña tampoco garantizaría que Estados Unidos e Israel consiguieran sus objetivos. Los ataques podrían debilitar capacidades militares y nucleares iraníes o incrementar la presión sobre el Gobierno, pero no asegurarían un cambio de régimen ni una solución duradera al conflicto.
Por ahora, el principal obstáculo sigue siendo la distancia entre las partes. Mientras Washington exija concesiones previas y Teherán se niegue a renunciar a sus principales instrumentos de negociación, la vía diplomática continuará bajo presión y el riesgo de una nueva escalada seguirá siendo elevado.
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