Tocar el cielo: de la siembra de nubes a la geoingeniería, la larga historia de la intervención humana sobre la atmósfera

La humanidad no controla el clima, pero ya aprendió a intervenir sobre algunos de sus procesos. Desde los primeros experimentos con nubes hasta las propuestas de geoingeniería, la frontera entre observar la atmósfera y tratar de modificarla se ha ido desplazando durante casi un siglo. 

FOSTER! NEWS | MEDIO AMBIENTE
22 DE SEPTIEMBRE DE 2026


Durante miles de años, el cielo fue una frontera.

La humanidad aprendió a leer sus señales, a anticipar tormentas, a estudiar los ciclos de las estaciones y a construir civilizaciones enteras alrededor del agua. Pero había una diferencia fundamental entre comprender la atmósfera e intervenir sobre ella.

La lluvia podía esperarse.

Una tormenta podía observarse.

Un huracán podía seguirse.

Pero ninguno podía ser deliberadamente alterado.

Durante el siglo XX, esa frontera comenzó a desplazarse.

La investigación sobre las nubes abrió la posibilidad de intervenir sobre determinados procesos de precipitación. Después llegaron experimentos destinados a modificar tormentas y huracanes. Más tarde, aquella tecnología fue utilizada con fines militares durante la Guerra de Vietnam.

Y hoy, décadas después, la discusión ha adquirido una dimensión todavía mayor: la geoingeniería climática, un campo de investigación que contempla intervenciones deliberadas sobre determinados componentes del sistema climático.

Pero existe una diferencia crucial que atraviesa toda esta historia.

Modificar determinados procesos meteorológicos no equivale a controlar el clima.

La Organización Meteorológica Mundial define la modificación meteorológica como una intervención deliberada en la atmósfera para influir sobre condiciones meteorológicas locales, habitualmente mediante técnicas como la siembra de nubes. Al mismo tiempo, distingue esa actividad de la intervención climática, que opera conceptualmente a escala global y sobre tiempos climáticos.

Entre ambas existe un territorio enorme.

Es el territorio de la ciencia, la experimentación, la incertidumbre y también de los límites.

Y para entender hasta dónde llegó la humanidad —y hasta dónde todavía no ha llegado— hay que regresar al comienzo.


EL DÍA EN QUE UNA NUBE DEJÓ DE SER INTOCABLE 

La historia moderna de la modificación meteorológica tiene uno de sus puntos de partida en los laboratorios de General Electric durante la década de 1940.

El problema original ni siquiera era producir lluvia.

Era comprender el hielo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la formación de hielo sobre las alas de los aviones constituía un problema serio para la aviación. Investigadores de General Electric estudiaban cómo se comportaban las gotas de agua superenfriada —agua que permanece líquida por debajo de 0 °C— y qué podía hacer que comenzaran a congelarse.

En 1946, el investigador Vincent Schaefer descubrió que el hielo seco podía desencadenar la formación de cristales de hielo en una nube superenfriada. El descubrimiento abrió una nueva línea experimental. Posteriormente, Bernard Vonnegut identificó el potencial del yoduro de plata como agente de nucleación.

El 13 de noviembre de 1946, Schaefer realizó uno de los experimentos fundamentales de aquella etapa: introdujo hielo seco en una nube y consiguió producir cristales de hielo y nieve. La experiencia fue documentada posteriormente como uno de los hitos del nacimiento de la siembra moderna de nubes.

El descubrimiento tenía una implicación enorme.

Por primera vez, los científicos podían observar una intervención humana capaz de modificar un proceso microfísico dentro de una nube.

No habían aprendido a controlar el tiempo.

Pero habían encontrado una puerta.


CUANDO EL LABORATORIO MIRÓ HACIA EL CIELO

La investigación pasó rápidamente del laboratorio a la atmósfera.

La lógica era sencilla.

Si una sustancia podía provocar la formación de cristales de hielo en una cámara experimental, ¿podría producir un efecto similar dentro de una nube real?

Así nació una nueva generación de experimentos.

El concepto de siembra de nubes comenzó a desarrollarse como una forma de introducir partículas capaces de actuar como núcleos de condensación o congelación dentro de determinadas nubes.

La técnica podía buscar distintos objetivos: aumentar la precipitación, modificar el tamaño de las gotas, favorecer la formación de hielo o, en determinadas investigaciones, reducir el granizo.

La física subyacente era real.

Pero también lo era una limitación fundamental:

la nube debía tener las condiciones apropiadas antes de ser intervenida.

No se puede sembrar cualquier cielo y esperar que aparezca una tormenta.

La OMM advierte que la energía involucrada en los sistemas meteorológicos es tan grande que las técnicas actuales no permiten crear desde cero sistemas nubosos lluviosos, transportar a voluntad vapor de agua hacia una región o eliminar fenómenos meteorológicos severos. Las afirmaciones de efectos de esa magnitud carecen de una base científica sólida.

Esta distinción es fundamental.

La modificación meteorológica existe. El control meteorológico absoluto, no.


PROJECT CIRRUS: EL PRIMER GRAN SALTO

En 1947 comenzó Project Cirrus, una colaboración que involucró a General Electric y organismos militares y científicos estadounidenses para investigar la física de las nubes y las posibilidades de la siembra.

Pero la ambición no se limitó a producir lluvia.

Los investigadores comenzaron a preguntarse si podían intervenir sobre sistemas meteorológicos mucho mayores.

El objetivo más audaz era un huracán.

El 13 de octubre de 1947, un avión B-17 penetró en un huracán frente a la costa de Florida y arrojó hielo seco sobre el sistema. Fue el primer intento conocido de modificar un ciclón tropical mediante siembra.

El experimento ocurrió cuando la comprensión científica de los huracanes era muy inferior a la actual.

Los investigadores querían observar qué sucedería.

Y sucedió algo que alimentaría durante años una controversia:

el huracán cambió su trayectoria y posteriormente afectó la costa de Georgia.

Durante mucho tiempo, aquel episodio quedó asociado a la posibilidad de que la intervención hubiera alterado el comportamiento de la tormenta.

Pero esa interpretación no resistió el avance de la investigación.

Los estudios posteriores concluyeron que la modificación observada no podía atribuirse de forma convincente a la siembra y que la evolución del huracán era compatible con procesos naturales.

La historia dejó una de las primeras grandes lecciones de esta disciplina:

que dos acontecimientos ocurran uno después del otro no demuestra que uno haya causado al otro.


LA ATMÓSFERA NO ES UN LABORATORIO

La dificultad fundamental de modificar el tiempo aparece precisamente aquí.

En un laboratorio se pueden controlar variables.

En la atmósfera, no.

Una nube puede cambiar mientras un avión la atraviesa.

Un huracán puede modificar naturalmente su estructura.

Una corriente de aire puede transportar humedad.

Una tormenta puede intensificarse o debilitarse sin intervención humana.

Por eso, para determinar si una técnica funciona, los investigadores necesitan distinguir el efecto producido por la intervención del comportamiento que habría ocurrido naturalmente.

La OMM destaca que la evidencia de causalidad existe para determinadas formas muy específicas de siembra de nubes —por ejemplo, algunos experimentos de siembra glaciogénica en nubes orográficas invernales—, mientras que otros objetivos siguen teniendo resultados más inciertos.

No existe una única "siembra de nubes".

Existen diferentes técnicas, diferentes nubes y diferentes niveles de evidencia.


STORMFURY: EL INTENTO DE CAMBIAR UN HURACÁN

La investigación sobre modificación de huracanes no terminó con Project Cirrus.

En 1962 se estableció formalmente Project STORMFURY, un programa conjunto estadounidense destinado a investigar si la siembra podía reducir la intensidad de los huracanes.

La hipótesis era sofisticada.

Los científicos pensaban que, mediante la siembra con yoduro de plata, podían estimular la formación de hielo y convección fuera del ojo del huracán. Eso podría favorecer la formación de una nueva pared ocular a mayor distancia del centro y, en teoría, reducir la velocidad máxima de los vientos.

La idea no era absurda.

Estaba basada en una hipótesis física concreta.

Y fue sometida a experimentación.

Durante décadas se realizaron vuelos, mediciones y análisis.

Pero el resultado final fue muy diferente del sueño original.


CUANDO LA NATURALEZA DESMONTÓ LA HIPÓTESIS

Los investigadores descubrieron que los huracanes no contenían la cantidad de agua superenfriada que el mecanismo de STORMFURY requería.

También descubrieron algo todavía más importante.

Las estructuras que parecían demostrar un efecto positivo de la siembra —como ciertos reemplazos de la pared ocular— podían producirse naturalmente.

En otras palabras:

el huracán podía comportarse de la manera que los científicos esperaban sin necesidad de intervención.

El propio NOAA explica que nuevos datos sobre la microfísica de los huracanes y estudios sobre la variabilidad natural terminaron poniendo en duda los resultados aparentemente favorables de los experimentos. STORMFURY concluyó formalmente en 1982.

El fracaso de la hipótesis no significó que la investigación fuera inútil.

Al contrario.

Los experimentos produjeron conocimiento sobre dinámica atmosférica, física de nubes, observación aérea y comportamiento de huracanes.

La ciencia descubrió algo que a veces resulta menos espectacular que una victoria tecnológica, pero mucho más importante:

descubrió dónde estaba equivocada.


EL PRECIO DE CONFUNDIR INTERVENCIÓN CON CONTROL

La historia de Cirrus y STORMFURY muestra una tentación recurrente.

Cuando una tecnología demuestra que puede producir un efecto local, aparece inmediatamente la pregunta:

¿Podemos llevar ese efecto mucho más lejos?

De una nube se pasa a una tormenta.

De una tormenta, a un huracán.

De un huracán, al sistema climático.

Pero cada salto de escala cambia completamente el problema.

La atmósfera es un sistema no lineal.

Los océanos intercambian energía con ella.

Las montañas modifican los flujos.

Los continentes absorben y liberan calor.

La radiación solar cambia las condiciones de superficie.

Y todos esos procesos interactúan simultáneamente.

Por eso, una capacidad localizada no puede extrapolarse automáticamente a una capacidad global.

Una tecnología que modifica una nube no es una tecnología que controla el clima.


CUANDO LA LLUVIA SE CONVIRTIÓ EN UNA HERRAMIENTA MILITAR

Pero hubo un momento en que la modificación meteorológica dejó de ser solamente una investigación científica.

Durante la Guerra de Vietnam, Estados Unidos comenzó a estudiar la posibilidad de utilizar la siembra de nubes para aumentar las precipitaciones sobre determinadas rutas utilizadas por las fuerzas norvietnamitas.

La documentación oficial estadounidense es explícita.

Un memorando del Departamento de Estado fechado el 13 de enero de 1967 describió la propuesta de Project Popeye: producir suficiente lluvia a lo largo de determinadas rutas de comunicación para interrumpir o dificultar el tráfico de camiones entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur.

La fase de pruebas había comenzado en octubre de 1966 en Laos.

La lógica militar era directa.

Si las condiciones meteorológicas ya dificultaban el tránsito, aumentar las precipitaciones podía profundizar ese obstáculo.

La lluvia podía convertirse en parte de una estrategia.

Y con ello se cruzaba una frontera.

La modificación atmosférica había salido del laboratorio.

Había entrado en la guerra.


POPEYE: EL ANTECEDENTE QUE CAMBIÓ LA DISCUSIÓN

Project Popeye no constituye una prueba de que Estados Unidos pudiera controlar el clima.

Los propios documentos muestran límites importantes.

El memorando de 1967 señalaba que la cantidad de lluvia inducida y el área afectada no podían predecirse con precisión. También registraba que la técnica dependía de condiciones atmosféricas apropiadas.

Eso es importante.

La operación no consistía en "crear lluvia desde un cielo despejado".

Consistía en intentar modificar determinadas nubes existentes bajo condiciones favorables.

Pero el propósito sí era diferente.

No se buscaba simplemente comprender la atmósfera.

Se buscaba utilizar una intervención ambiental para alcanzar un objetivo militar.

La dimensión ética y jurídica del problema cambió completamente.

Y será precisamente aquí donde el próximo capítulo de la serie profundizará.


CUANDO EL MEDIO AMBIENTE ENTRÓ EN EL DERECHO INTERNACIONAL

La experiencia de la Guerra de Vietnam contribuyó a una discusión internacional sobre el uso hostil de técnicas de modificación ambiental.

En 1976, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la resolución que dio paso a la Convención ENMOD.

La convención fue abierta a la firma en 1977 y entró en vigor el 5 de octubre de 1978. A septiembre de 2026 cuenta con 78 Estados parte y 48 signatarios.

Su artículo I prohíbe el uso militar u hostil de técnicas de modificación ambiental cuando tengan efectos amplios, duraderos o graves como medio de destrucción, daño o perjuicio contra otro Estado parte.

El artículo II define las técnicas de modificación ambiental como aquellas destinadas a cambiar deliberadamente, mediante la manipulación de procesos naturales, la dinámica, composición o estructura de la Tierra, incluyendo la atmósfera.

Pero hay una precisión fundamental.

ENMOD no prohíbe toda modificación ambiental.

Su alcance se dirige al uso militar u hostil definido por la convención. El propio artículo III establece que sus disposiciones no deben impedir usos pacíficos de técnicas de modificación ambiental.

La diferencia entre uso pacífico y uso hostil se convirtió así en una frontera jurídica internacional.


DEL TIEMPO METEOROLÓGICO AL CLIMA

Aquí aparece una distinción que suele perderse en las discusiones públicas.

Tiempo meteorológico y clima no son sinónimos.

Una intervención sobre una nube durante unas horas pertenece al campo de la modificación meteorológica.

Una intervención destinada a modificar deliberadamente el balance energético de la Tierra durante décadas pertenece a otra categoría.

La OMM establece precisamente esta diferencia: la modificación meteorológica se centra principalmente en escalas locales o regionales y tiempos meteorológicos, mientras que la intervención climática se plantea a escala global y en escalas temporales climáticas.

Es aquí donde aparece una palabra que ha adquirido una importancia creciente:

geoingeniería.


LA NUEVA FRONTERA: LA GEOINGENIERÍA

La geoingeniería climática no constituye una única tecnología.

Es un término utilizado para agrupar propuestas de intervención deliberada sobre determinados componentes del sistema climático.

Entre ellas se encuentran las estrategias de remoción de dióxido de carbono y las denominadas estrategias de reflexión de la radiación solar.

Dentro de estas últimas aparecen propuestas como la inyección de aerosoles en la estratosfera, el aclaramiento de nubes marinas y determinadas modificaciones de nubes altas.

La Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos ha estudiado estas posibilidades y subraya tanto su potencial para reducir temperaturas superficiales como las importantes incertidumbres y riesgos asociados, incluidos posibles efectos sobre procesos atmosféricos, clima regional, ecosistemas y sistemas sociales, políticos y económicos.

Es una diferencia fundamental respecto de la siembra de nubes.

La pregunta ya no es:

¿Podemos hacer que una determinada nube produzca más precipitación?

La pregunta pasa a ser:

¿Podemos modificar deliberadamente parte del balance energético del planeta?

Y esa pregunta todavía pertenece, en gran medida, al terreno de la investigación.


LA GEOINGENIERÍA NO ES UN INTERRUPTOR DEL PLANETA

La existencia de modelos científicos o investigaciones experimentales no significa que exista una tecnología capaz de "controlar el clima mundial".

La propia literatura científica destaca enormes incertidumbres.

La Academia Nacional de Ciencias ha señalado que las investigaciones sobre geoingeniería solar siguen siendo limitadas y que existen importantes lagunas de conocimiento sobre magnitud, distribución de impactos, riesgos ecológicos y consecuencias sociales y políticas.

Además, existe un problema que no puede resolverse únicamente mediante ingeniería:

el clima es un sistema global.

Una intervención destinada a reducir la temperatura media podría tener efectos diferentes en distintas regiones.

Una modificación de la radiación podría alterar patrones de precipitación.

Una intervención podría generar beneficios para algunas zonas y riesgos para otras.

Y cualquier decisión de despliegue tendría necesariamente una dimensión internacional.

Por eso la geoingeniería no es solamente una cuestión tecnológica.

Es también una cuestión científica, ambiental, jurídica, política, económica y ética.


EL PROBLEMA DE QUIÉN DECIDE 

Imaginemos una intervención hipotética capaz de reducir parte del calentamiento global.

Supongamos que un país considera que el beneficio justifica el riesgo.

Pero otro país teme que esa intervención altere sus lluvias.

¿Quién tiene autoridad para decidir?

¿El país que posee la tecnología?

¿Un grupo de Estados?

¿Las Naciones Unidas?

¿Una organización científica?

¿Una futura autoridad internacional?

No existe hoy un mecanismo global que resuelva todas esas preguntas para una eventual implementación de geoingeniería solar.

La Academia Nacional de Ciencias ha señalado precisamente la necesidad de desarrollar mecanismos de investigación y gobernanza, incluyendo evaluación de riesgos, transparencia, cooperación internacional y participación pública.

La tecnología puede avanzar más rápido que las reglas.

Y esa diferencia puede convertirse en uno de los grandes desafíos del siglo XXI.


LA ATMÓSFERA NO CONOCE FRONTERAS

Hay una característica de la atmósfera que hace especialmente compleja cualquier intervención a gran escala:

no respeta fronteras políticas.

El viento atraviesa territorios.

Las masas de aire se desplazan.

La humedad circula.

Los sistemas meteorológicos evolucionan a través de regiones y océanos.

Una intervención realizada en un punto puede tener consecuencias más allá de ese punto.

Esta característica explica por qué el antecedente de ENMOD continúa siendo relevante.

También explica por qué la investigación contemporánea sobre geoingeniería dedica tanta atención a la gobernanza.

La cuestión no es únicamente:

¿podemos hacerlo?

También es:

¿quién decide hacerlo?

¿con qué evidencia?

¿bajo qué reglas?

¿quién asume el riesgo?

Y quizás la pregunta más difícil:

¿qué ocurre si las consecuencias no pueden deshacerse?


LO QUE SABEMOS

Sabemos que la modificación meteorológica es una disciplina científica real.

Sabemos que la siembra de nubes puede producir efectos bajo determinadas condiciones.

Sabemos que existen programas operativos de modificación meteorológica en distintos países.

La OMM señala que existen actividades de modificación meteorológica en más de 50 países y que la investigación continúa, aunque los resultados varían según la técnica y el contexto atmosférico.

Sabemos también que la humanidad intentó modificar huracanes.

Project STORMFURY existió.

Se realizaron experimentos.

Y terminó después de que nuevas evidencias pusieran en duda sus premisas fundamentales.

Sabemos que Project Popeye fue una operación militar real.

La documentación oficial estadounidense lo demuestra.

Y sabemos que la comunidad internacional respondió creando un instrumento jurídico específico contra determinados usos hostiles de técnicas de modificación ambiental.

ENMOD existe y continúa vigente. 


LO QUE ESTAMOS INVESTIGANDO

La ciencia continúa intentando comprender mejor las nubes, la precipitación y los procesos atmosféricos.

También continúa estudiando intervenciones climáticas de mayor escala.

La geoingeniería solar constituye un campo de investigación, no una tecnología de control climático desplegada a voluntad.

Los estudios actuales buscan evaluar su potencial, sus límites, sus incertidumbres y sus posibles consecuencias.

La pregunta científica ya no es solamente si una intervención puede producir un determinado efecto.

También es necesario determinar:

cuánto dura, dónde aparece, qué consecuencias tiene y qué ocurre fuera del área objetivo.


LO QUE TODAVÍA NO PODEMOS DEMOSTRAR 

No existe evidencia científica que permita afirmar que una tecnología actual pueda controlar a voluntad el clima planetario.

No existe una herramienta demostrada capaz de crear libremente sistemas meteorológicos complejos desde cero.

No existe una tecnología que permita decidir de forma precisa dónde caerá una determinada cantidad de lluvia a gran escala.

No existe evidencia científica suficiente para afirmar que alguien pueda dirigir huracanes a voluntad.

Y las afirmaciones sobre capacidades de una escala tan extraordinaria requieren evidencia extraordinaria, reproducible e independiente.

La OMM es explícita al respecto: las afirmaciones sobre tecnologías capaces de producir efectos meteorológicos grandes o dramáticos no tienen una base científica sólida y deben ser tratadas con cautela. 


CUANDO LA CIENCIA APRENDE DE SUS PROPIOS LÍMITES

Existe una lectura superficial de esta historia.

Según esa lectura, la humanidad comenzó intentando controlar el tiempo, fracasó y abandonó la idea.

La historia real es mucho más interesante.

Cada fracaso produjo conocimiento.

Cirrus ayudó a desarrollar la investigación moderna sobre nubes.

Los experimentos de STORMFURY contribuyeron a comprender mejor la dinámica de los huracanes.

La observación de los límites de la siembra permitió establecer qué condiciones son necesarias para que determinadas técnicas tengan algún efecto.

Y la experiencia de Popeye contribuyó a una discusión internacional sobre los límites de la utilización hostil del medio ambiente.

La ciencia no avanzó porque consiguió dominar la atmósfera.

Avanzó porque aprendió qué podía modificar y qué no.


UNA FRONTERA QUE SIGUE MOVIÉNDOSE

En 1946, introducir hielo seco en una nube parecía extraordinario.

Hoy, la siembra de nubes es una tecnología conocida.

En 1962, intentar modificar un huracán parecía una posibilidad que merecía ser investigada.

Décadas después, sabemos por qué aquella estrategia no funcionó como se esperaba.

En Vietnam, la modificación de precipitaciones pasó del laboratorio al campo de batalla.

Y después de aquella experiencia, el mundo creó una prohibición internacional específica para determinados usos hostiles de la modificación ambiental.

Ahora la frontera vuelve a desplazarse.

La geoingeniería plantea la posibilidad de intervenir sobre procesos que ya no serían locales.

La escala podría ser planetaria.

Y cuando la escala aumenta, también aumenta la incertidumbre.


TOCAR EL CIELO

Durante miles de años, el ser humano miró hacia arriba buscando respuestas.

Hoy también mira hacia arriba.

Pero ahora lo hace con satélites, radares, aviones de investigación, modelos matemáticos, sensores atmosféricos y tecnologías capaces de introducir partículas en las nubes.

La humanidad no conquistó el clima.

No aprendió a encender y apagar tormentas.

No convirtió la atmósfera en una máquina programable.

Pero tampoco es correcto afirmar que nunca ha intervenido sobre ella.

La intervención existe.

El control absoluto, no.

Y esa diferencia es precisamente la que hace que esta historia sea tan importante.

Porque cada avance tecnológico abre una nueva frontera.

Y cada frontera plantea una pregunta que la tecnología por sí sola no puede responder.

¿Debemos hacerlo simplemente porque podemos intentarlo?

La historia de la modificación meteorológica ya mostró lo que ocurre cuando una capacidad científica abandona el laboratorio.

La lluvia fue utilizada con un objetivo militar.

El episodio provocó una reacción internacional.

Y terminó contribuyendo a una nueva categoría dentro del derecho internacional.

Ahora la humanidad se encuentra frente a una frontera todavía mayor.

Ya no se trata únicamente de modificar una nube.

Se estudia la posibilidad de intervenir, al menos en teoría, sobre algunos componentes del sistema climático.

Y el problema fundamental ya no es solamente tecnológico.

Es una cuestión de conocimiento, responsabilidad y poder.

Porque si alguna vez llegamos a disponer de una capacidad suficientemente grande para alterar deliberadamente el sistema climático...

el problema no será únicamente saber cómo hacerlo.

Será saber quién tendrá derecho a decidir cuándo hacerlo.

Y quién responderá si el cielo cambia de una manera que nadie había previsto.


FUENTES Y DOCUMENTACIÓN 

  • Organización Meteorológica Mundial (OMM)
  • WMO Statement on Weather Modification — modificación meteorológica, siembra de nubes y límites científicos.
  • NOAA / Atlantic Oceanographic and Meteorological Laboratory
  • Documentación histórica sobre Project STORMFURY y los experimentos de modificación de huracanes.
  • U.S. Department of State — Office of the Historian
  • Documentación desclasificada sobre Project Popeye, incluida la documentación de 1967 sobre modificación meteorológica en Vietnam y Laos.
  • United Nations — Treaty Collection
  • Convention on the Prohibition of Military or Any Other Hostile Use of Environmental Modification Techniques (ENMOD).
  • Documentación sobre geoingeniería solar, investigación, riesgos e incertidumbres.


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