¿Quién gobierna el cielo? La disputa por el clima, la tecnología y el futuro de la atmósfera
Durante décadas, modificar el clima parecía pertenecer al territorio de la ciencia ficción. Hoy existen técnicas capaces de intervenir sobre determinados procesos atmosféricos, programas de investigación sobre geoingeniería solar y tratados internacionales que intentan establecer límites a los usos hostiles de las técnicas de modificación ambiental. Pero ninguna institución posee el control del sistema climático terrestre. La verdadera disputa que comienza a emerger es otra: quién investigará estas tecnologías, quién establecerá las reglas, quién asumirá los riesgos y quién tendrá voz cuando una decisión tomada en un país pueda producir consecuencias mucho más allá de sus fronteras.
FOSTER! NEWS | MEDIO AMBIENTE
23 DE SEPTIEMBRE DE 2026
EL CIELO NO TIENE FRONTERAS
Una frontera puede dibujarse sobre un mapa.
La atmósfera no.
Las nubes atraviesan territorios. Las masas de aire recorren continentes. Los sistemas oceánicos conectan regiones separadas por miles de kilómetros. La radiación solar llega a todos los países. Y las modificaciones deliberadas de determinados procesos atmosféricos pueden generar efectos que no necesariamente coinciden con las fronteras políticas desde las que fueron realizadas.
Esa característica convierte al clima en algo más que un fenómeno físico.
También lo convierte en un problema de coordinación internacional.
La Organización Meteorológica Mundial distingue entre la modificación meteorológica, generalmente localizada o regional —como la siembra de nubes— y la intervención climática, que busca actuar sobre escalas globales y temporales mucho mayores. La propia OMM advierte que la enorme energía involucrada en los sistemas meteorológicos limita radicalmente lo que estas tecnologías pueden conseguir.
La pregunta, por lo tanto, no es si alguien posee un interruptor capaz de controlar el clima.
No existe tal interruptor.
La pregunta es quién tendrá capacidad para investigar, experimentar, regular y eventualmente decidir sobre tecnologías cuyo alcance podría superar las fronteras nacionales.
DEL CONTROL DEL TIEMPO AL CONTROL DE LAS DECISIONES
La historia reconstruida en los capítulos anteriores muestra una evolución.
Primero fue la observación.
Después llegaron los experimentos.
Luego, la modificación localizada de determinados procesos meteorológicos.
Más tarde apareció el uso militar.
Y finalmente surgió una nueva generación de propuestas que intenta actuar sobre el balance energético del planeta.
Cada etapa modificó la pregunta.
Ya no se trata solamente de:
¿Podemos modificar algo?
También debemos preguntar:
¿Hasta dónde?
¿Con qué evidencia?
¿Quién lo autoriza?
¿Quién supervisa el experimento?
¿Quién responde si aparecen consecuencias inesperadas?
Y quizá la pregunta más difícil:
¿Quién representa a quienes podrían verse afectados sin haber participado de la decisión?
UNA CAPACIDAD QUE NO SIGNIFICA CONTROL
La existencia de una tecnología capaz de modificar un proceso atmosférico no significa que el ser humano pueda controlar el clima.
La diferencia es fundamental.
La OMM señala que las técnicas de modificación meteorológica operan principalmente en escalas locales o regionales y que las afirmaciones sobre la capacidad de crear sistemas de tormentas, alterar grandes patrones de viento o producir efectos meteorológicos dramáticos carecen de una base científica sólida.
Esto establece un límite importante.
Intervenir no es controlar.
Modificar una nube bajo determinadas condiciones no equivale a dirigir el sistema atmosférico.
Y alterar una variable local tampoco significa controlar el clima planetario.
La atmósfera sigue siendo un sistema extraordinariamente complejo, dinámico e interconectado.
LA HISTORIA YA DEJÓ UNA ADVERTENCIA
Project Popeye mostró que la modificación meteorológica podía salir del laboratorio y entrar en una operación militar.
Pero también mostró algo más importante.
El medio ambiente podía convertirse en parte de una estrategia de conflicto.
Aquella experiencia contribuyó al proceso internacional que desembocó en la Convención sobre la Prohibición del Uso Militar o Hostil de Técnicas de Modificación Ambiental, conocida como ENMOD.
La Convención fue aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1976 y entró en vigor el 5 de octubre de 1978. A septiembre de 2026, el registro de tratados de Naciones Unidas indica 78 Estados partes y 48 signatarios.
Su alcance es específico.
No prohíbe toda investigación o utilización pacífica de técnicas de modificación ambiental.
Prohíbe el uso militar o cualquier otro uso hostil de técnicas de modificación ambiental cuando cumpla los criterios establecidos por la Convención.
El propio texto define estas técnicas de forma amplia, incluyendo la manipulación deliberada de procesos naturales que pueda modificar la dinámica, composición o estructura de la Tierra, su biota, litosfera, hidrosfera, atmósfera u espacio exterior.
La historia dejó así una frontera jurídica.
Pero no respondió todas las preguntas del futuro.
EL NUEVO TERRITORIO: LA GEOINGENIERÍA SOLAR
La discusión contemporánea es diferente.
Una de las áreas más controvertidas es la modificación de la radiación solar, conocida como SRM por sus siglas en inglés.
La idea general consiste en aumentar temporalmente la cantidad de radiación solar reflejada hacia el espacio para reducir parte del calentamiento de la superficie.
Entre las propuestas estudiadas aparecen conceptos como la inyección de aerosoles estratosféricos y el abrillantamiento de nubes marinas.
No son equivalentes a la siembra de nubes.
Tampoco son tecnologías desplegadas para controlar actualmente el clima mundial.
UNEP describe la SRM como un conjunto de métodos especulativos que permanecen principalmente en el ámbito de modelos, simulaciones y teoría, con importantes incertidumbres sobre sus posibles efectos ambientales y sociales.
Y en mayo de 2026, un nuevo documento de UNEP volvió a señalar grandes vacíos de conocimiento, ausencia de una gobernanza global específica y la necesidad de cautela, transparencia y discusión inclusiva.
El escenario, por tanto, todavía pertenece en gran medida al terreno de la investigación.
Pero precisamente por eso comienza a aparecer otra pregunta.
¿Hay que establecer las reglas antes de que la tecnología esté madura o después?
EL PROBLEMA DE INVESTIGAR ANTES DE DECIDIR
Investigar una tecnología no significa necesariamente querer desplegarla.
Esa distinción es central.
El conocimiento científico puede utilizarse para determinar si una tecnología es viable, cuáles son sus riesgos, qué efectos podría producir y qué límites presenta.
El problema aparece cuando una investigación comienza a acercarse a experimentos exteriores de mayor escala.
Ahí entran cuestiones científicas, jurídicas, ambientales, éticas y políticas.
Las National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine de Estados Unidos plantearon precisamente esta cuestión en su informe Reflecting Sunlight: Recommendations for Solar Geoengineering Research and Research Governance.
El informe señala que la gobernanza de la investigación debería considerar transparencia, evaluación de riesgos, participación pública, intercambio de información y cooperación internacional. También advertía que en ese momento no existía una gobernanza coordinada y sistemática para la investigación de geoingeniería solar.
La cuestión ya no es solamente científica.
Es institucional.
¿QUIÉN DECIDE SOBRE UN EXPERIMENTO?
Imaginemos una situación futura.
Un país desarrolla una tecnología capaz de modificar temporalmente una variable atmosférica.
Sus científicos consideran que el experimento es seguro.
Su gobierno lo autoriza.
Pero otro país sostiene que podría afectar sus precipitaciones.
¿Quién tiene la última palabra?
¿El país que realiza el experimento?
¿Los países vecinos?
¿Una organización internacional?
¿Un panel científico?
¿Las Naciones Unidas?
¿La población potencialmente afectada?
No existe una respuesta universal que resuelva todas estas posibilidades.
Y precisamente por eso la gobernanza se ha convertido en uno de los principales problemas de la geoingeniería solar.
UNEP ha señalado que la discusión requiere participación internacional, especialmente de países y regiones que históricamente han tenido menor presencia en los debates científicos y de gobernanza.
EL RIESGO NO ES SOLAMENTE TECNOLÓGICO
Una tecnología puede funcionar técnicamente y aun así generar un problema político.
Puede producir beneficios en una región y costos en otra.
Puede modificar determinados patrones sin producir exactamente el resultado esperado.
Puede generar dependencia.
Puede crear disputas sobre compensaciones.
Puede provocar una carrera tecnológica.
Y puede generar un problema todavía más difícil:
¿qué ocurre si dos países tienen intereses climáticos diferentes?
El sistema climático es global.
Los intereses nacionales no necesariamente lo son.
Ahí aparece una tensión que ninguna ecuación puede resolver por sí sola.
EL CIELO COMO BIEN GLOBAL
Durante siglos, los seres humanos pudieron observar el cielo sin preguntarse quién tenía autoridad sobre él.
Hoy la situación es diferente.
Satélites observan la atmósfera.
Supercomputadoras modelan el clima.
Aviones realizan mediciones.
Laboratorios estudian aerosoles y nubes.
Los Estados desarrollan capacidades meteorológicas.
Empresas privadas producen datos y tecnología.
Universidades investigan nuevas formas de intervención.
Y organismos internacionales intentan establecer marcos de cooperación.
El cielo se ha convertido en un espacio de conocimiento.
Pero también en un espacio de decisiones.
LOS DATOS TAMBIÉN SON PODER
Hay otra dimensión menos visible.
Antes de modificar algo, hay que poder medirlo.
Temperatura.
Presión.
Humedad.
Aerosoles.
Nubes.
Radiación.
Viento.
Océanos.
Hielo.
Composición atmosférica.
Cuanto mejor se observa el sistema, mayor es la capacidad para modelarlo.
Y cuanto mejor se modela, mayor es la capacidad para anticipar determinados escenarios.
Por eso el poder climático no reside únicamente en una eventual tecnología capaz de intervenir sobre la atmósfera.
También está en quién posee los datos, quién desarrolla los modelos y quién puede convertir esa información en decisiones.
LA ATMÓSFERA NO PUEDE SER PROPIEDAD DE UN ESTADO
Aquí aparece una diferencia esencial entre territorio y atmósfera.
Un Estado puede ejercer soberanía sobre su territorio dentro del marco del derecho internacional.
Pero la atmósfera no se comporta como una parcela delimitada.
El aire se mueve.
Los sistemas meteorológicos se desplazan.
La radiación atraviesa fronteras.
Los océanos conectan regiones.
Y los procesos climáticos se desarrollan a escalas que ningún Estado puede controlar por sí solo.
Por eso una eventual tecnología de alcance climático plantea un problema de gobernanza que trasciende la soberanía nacional.
No porque exista actualmente un gobierno mundial del clima.
Sino precisamente porque no existe una autoridad única capaz de decidir por todo el planeta.
EL VACÍO ENTRE LA CIENCIA Y LA POLÍTICA
La ciencia puede calcular escenarios.
Puede estimar probabilidades.
Puede identificar incertidumbres.
Puede realizar experimentos.
Puede comparar modelos.
Pero la decisión sobre aceptar un determinado riesgo no es únicamente una cuestión científica.
También involucra valores, prioridades, distribución de beneficios y costos, responsabilidad jurídica y participación pública.
Las National Academies plantearon que la gobernanza de la investigación debe incluir precisamente estas dimensiones sociales, éticas y legales junto con los riesgos físicos.
El desafío consiste en evitar dos extremos.
Que la tecnología avance sin reglas.
O que el miedo a la tecnología impida obtener conocimiento necesario para evaluar sus riesgos.
LO QUE YA ESTÁ REGULADO
Existe un marco jurídico para determinados usos hostiles.
ENMOD es una pieza fundamental.
Pero su alcance no equivale a un código global para toda la geoingeniería contemporánea.
El tratado nació en un contexto de Guerra Fría y responde específicamente a usos militares o hostiles de técnicas de modificación ambiental.
Las tecnologías actuales de intervención climática plantean escenarios adicionales.
Investigación científica.
Experimentos exteriores.
Empresas privadas.
Financiación internacional.
Propiedad intelectual.
Datos abiertos.
Impactos transfronterizos.
Participación pública.
Responsabilidad.
Y eventual despliegue.
Cada uno abre preguntas diferentes.
LO QUE TODAVÍA NO TIENE UNA RESPUESTA DEFINITIVA
¿Quién autorizaría un experimento internacional?
¿Quién tendría que ser informado?
¿Qué nivel de riesgo sería aceptable?
¿Cómo se determinaría quién resulta perjudicado?
¿Quién pagaría una eventual compensación?
¿Cómo se controlarían experimentos privados?
¿Cómo se compartirían los datos?
¿Podría un Estado realizar una intervención unilateral?
¿Puede una tecnología desarrollada para estudiar el clima terminar siendo utilizada con fines estratégicos?
No son preguntas de ciencia ficción.
Son preguntas de gobernanza.
Y algunas instituciones internacionales ya están trabajando precisamente para comprenderlas.
En 2025, UNEP y la OMM organizaron un diálogo científico y político sobre SRM que reunió a Estados, expertos y otros actores para discutir conocimientos, riesgos, vacíos científicos y cuestiones de gobernanza. El objetivo declarado no fue producir una política negociada, sino identificar preguntas y necesidades de investigación.
EL PROBLEMA DE LA DECISIÓN UNILATERAL
Existe una diferencia fundamental entre investigar una tecnología y desplegarla.
La primera puede generar conocimiento.
La segunda puede generar consecuencias.
Si una intervención climática tuviera algún día efectos regionales o globales significativos, una decisión unilateral podría afectar a poblaciones que no participaron de ella.
Ese escenario explica por qué la gobernanza internacional aparece una y otra vez en los debates sobre geoingeniería solar.
No necesariamente porque la tecnología vaya a ser desplegada.
Sino porque el costo de establecer las reglas después de una crisis podría ser mucho mayor que discutirlas antes.
EL FUTURO NO ESTÁ ESCRITO
La geoingeniería solar todavía enfrenta grandes incertidumbres.
La modificación meteorológica tiene límites importantes.
Los modelos climáticos tienen incertidumbres.
Las observaciones continúan mejorando.
Las tecnologías energéticas avanzan.
Los Estados compiten por recursos y capacidades.
Y la legislación internacional todavía no cubre todas las preguntas que podrían surgir de nuevas tecnologías atmosféricas.
Esto significa que nadie puede afirmar hoy que conoce con precisión cómo será la relación entre humanidad y clima dentro de cincuenta años.
Pero sí podemos observar hacia dónde se está desplazando la discusión.
De la pregunta:
¿Podemos hacerlo?
hacia otra mucho más difícil:
¿Quién debería decidir si hacerlo?
LA ÚLTIMA FRONTERA
Durante esta investigación atravesamos siete escenarios.
El fenómeno climático.
El océano.
La atmósfera.
La modificación meteorológica.
La guerra.
La ciencia.
La energía.
La geopolítica.
Todos terminan conduciendo al mismo lugar.
La capacidad humana para observar el sistema terrestre está creciendo.
La capacidad tecnológica también.
Pero nuestra capacidad para prever todas las consecuencias de una intervención sigue siendo limitada.
Y ahí aparece la paradoja.
Cuanto más aprendemos a intervenir, más importante se vuelve comprender nuestros propios límites.
¿QUIÉN GOBIERNA EL CIELO?
La respuesta más sencilla sería:
nadie.
Ningún Estado controla el clima planetario.
Ninguna organización internacional posee un mecanismo para dirigir la atmósfera.
Ninguna tecnología disponible permite manejar el sistema climático como si fuera una máquina.
Pero esa no es toda la historia.
Porque existe otra forma de poder.
El poder de investigar.
El poder de observar.
El poder de desarrollar tecnología.
El poder de financiar.
El poder de establecer reglas.
El poder de decidir qué riesgos aceptar.
Y el poder de participar —o quedar fuera— de las decisiones que pueden afectar a todos.
EL VERDADERO DEBATE
Quizás el futuro no dependa de quién consiga controlar el cielo.
Quizás dependa de algo mucho más humano.
Quién tendrá derecho a decidir sobre él.
La ciencia puede proporcionar información.
La tecnología puede ampliar las posibilidades.
La economía puede proporcionar recursos.
Los Estados pueden establecer políticas.
Las organizaciones internacionales pueden crear marcos.
Pero ninguna de esas herramientas elimina la pregunta fundamental:
¿Cómo se toman decisiones sobre un sistema que pertenece físicamente a todos y políticamente a nadie por completo?
EL CLIMA COMO PODER
El clima no es solamente una fuerza de la naturaleza.
Es también un sistema que condiciona agua, alimentos, energía, infraestructura, economía, seguridad y relaciones internacionales.
La humanidad aprendió a modificar algunos procesos meteorológicos.
Intentó utilizarlos con fines militares.
Creó límites jurídicos para determinados usos.
Y ahora estudia tecnologías capaces, al menos en teoría, de intervenir sobre el balance energético del planeta.
La historia todavía no terminó.
La tecnología tampoco.
Y la gobernanza recién comienza a enfrentarse a preguntas que hace apenas unas décadas parecían imposibles.
LA PREGUNTA FINAL
¿Quién gobierna el cielo?
Tal vez la respuesta más importante no sea encontrar un dueño.
Sino construir reglas antes de que alguien tenga que reclamarlo.
Porque el futuro del clima no dependerá solamente de lo que la humanidad sea capaz de hacer.
También dependerá de lo que decida hacer, de lo que decida no hacer y de quién tenga voz cuando llegue el momento de decidir.
EL CLIMA: LA FUERZA QUE ESTÁ CAMBIANDO EL MUNDO
Una pregunta que permanece abierta.
¿Hasta dónde llegará la capacidad humana para intervenir sobre el sistema terrestre?
Y, cuando llegue ese límite, ¿quién decidirá dónde está?
FOSTER! NEWS
Hechos claros. Contexto real.
FUENTES PRINCIPALES
- Naciones Unidas — Treaty Collection — Convención ENMOD, estado del tratado actualizado a septiembre de 2026.
- Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) — One Atmosphere: An Independent Expert Review on Solar Radiation Modification Research and Deployment.
- UNEP — Solar Radiation Modification: No Substitute for Real Climate Action, 2025.
- UNEP — Solar Radiation Modification: Scientific evidence does not support SRM as a viable climate solution, 2026.
- National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine — Reflecting Sunlight: Recommendations for Solar Geoengineering Research and Research Governance.


